La maracucha
Sentada en mi cama, con la espalda contra la cabecera, llevo mi mirada de la ventana a la computadora. Pienso en el lugar de allá afuera, ciudad de la que no me siento divorciada porque nunca me forcé a vivirla. El perímetro de mi terruño ha estado circunscrito a las paredes de mi casa y no sé si ahora me sienta del todo segura en este refugio. Sucede que cuando viajo a Caracas me llaman "la maracucha", nada de Natasha o Tiniacos, ni qué decir de Nati, Nats o "la prima de Lupita Ferrer". Nada de eso, cuando quieren mi atención o presentarme a otros soy "la maracucha". Parece que los nacidos en Maracaibo perdemos automáticamente el nombre cuando vamos a la capital. Son irrelevantes, entonces, el bautizo y toda esa búsqueda por llamarnos y darnos una pizca sonora de originalidad con un significado que habría de formar nuestro carácter. Madre, gracias por ponerme Natasha, pero de nada vale ese gesto porque soy un gentilicio.
Para cumplir con el protocolo y la curiosidad, dicen mi nombre, por supuesto, pero pronuncian con vigor el seudónimo al que estoy condenada. ¿Será una espontánea necesidad de aclarar que soy el otro? Me atrevo a pensar que les da cierta satisfacción el estallido de esa palabra que repercute como una expropiación de identidad. Este íntimo ultrajo -que deja de ser íntimo con este texto- me lleva a pensar qué ha sido y qué es la ciudad en mí.
No mucho, acaso veinticuatro años de atmósfera. Reconozco que he sido indiferente con Maracaibo porque mi soledad, lo he sugerido, ejerció su ciudadanía en los pasillos de mi morada. No sé si mi actitud habrá sido una huida del escándalo visual, de la temperatura, del bullicio, del carnaval sin máscaras que se gesta en esas calles que diariamente me espantaron. Sí admito sentirme algo ajena a sus costumbres. Esta enajenación con el entorno que dejé hace cuatro años me preocupa un poco. Quizá por eso otros se encargan de recordarme lo que soy, además de mi nombre. Cada vez que me llamen "la maracucha" recordaré que mi ciudad es un asunto pendiente.
(El calor y la humedad empañan los vidrios, el escaso movimiento del árbol vecino hace que la luz del poste proyecte un ectoplasma en mi ventana.)
(Y lentamente se asoma.)





