lunes, 5 de septiembre de 2011

Schadenfreude

En una de mis visitas a la ciudad, decidí esperar el último tren en un bar llamado “La paciencia”. Me gusta contemplar, buscar información en las conversaciones vecinas, contaminarme, leer a la gente, anotar. Usualmente lo anodino me cautiva porque me exige una lectura más honda. Escuchaba a un hombre hablar sobre el deterioro de su barrio, de mujeres y políticos. Se emocionaba al paso de sorbos, todo le enfurecía. También hablaba con ira sobre su madre. Unos minutos después llegó una mujer de cabeza rapada, vestida de negro, con el cuello tatuado. Estacionó su moto y se sentó junto a él. Por la fogosidad de ambos pensé que discutirían, que me darían un curso crash de vulgaridades catalanas, pero cuando la oscura motorizada arrimó su silla, se tocaron las manos y se hablaron suavemente.

Escribía como para atajar ese prurito de realidad, un calco de frases y aromas de parejas, turistas trasnochados, bañistas regresando de la playa. Gozaba la terraza y la amplitud de la mesa hasta que un par de alemanes me preguntaron si podían sentarse conmigo. Viré levemente para constatar que había otras mesas disponibles y que la petición de estos turistas tal vez obedecía a una costumbre foránea. Lo vi como una invasión innecesaria, pero mi timidez de transeúnte me forzó a darles la bienvenida. Seguí escribiendo hundida en mi cuaderno como una avestruz, ignorando sus inteligibles exclamaciones, rogándole a las nubes que no me hablaran. No quería que acentuaran el poco talento que tengo para la conversación con extraños. Mi vaso se empañaba más rápidamente. La cerveza parecía inacabable. Quería salir corriendo. No estaba dispuesta a decirles que soy de un lugar confundible con Minnesota. Prefiero pasar por una casualidad, acaso una mesa disponible.

Dejé mi diario y me pasé a las traducciones. Una palabra en alemán me detuvo. El poema está escrito en inglés y ese vocablo se levanta como una advertencia, como un código secreto entre la voz poética y el autor. Lo peor es que la imagen se erigía sobre ella. Desperté y luego de tantear en vano con ese rompecabezas, le pregunté a los alemanes que tenía enfrentados. Les señalé la palabra sobre el pretzel que comían y sonrieron con piedad. “El goce del dolor ajeno”, pero algo liviano y casi bonito -según entendí. Es una palabra difícil, me agregó la mujer, significa mucho. Se animaron, parece que toqué la sensibilidad de su lengua (esa de vasija contenida a sus vocablos compuestos). Al desconocerla y develarla entendí que una palabra en un poema puede erigirse como una columna invisible.

2 comentarios:

Tarántula dijo...

Estuve en Alemania hace dos semanas y mi cuñado que vive allí me advirtió que es una costumbre alemana pedirte permiso para sentarse en tu misma mesa, si estás comiendo y hay sillas disponibles en un restaurante.

A mi me pareció una interesante costumbre.

Tu anécdota, por supuesto, la enriquece más. Hermoso texto.

fugapermanente dijo...

Qué bonito este naufragio, Natasha. Pude verme allí.